Poesia brutal


Hunger es la ópera prima de Steve McQueen, laureado artista británico habitual en el mundo del cine-arte, que fue recientemente proyectada dentro del festival de cortos de Tarragona, el REC. Pese a los premios recibidos en importantes festivales de cine durante el pasado año todavía no ha sido oficialmente estrenada en nuestro territorio. El largometraje además vino acompañada de una cierta polémica dada la complejidad del tema tratado. En este se relatan las vivencias de unos presos pertenecientes al IRA durante la blanket and wash protest, una acción de protesta que consiste en evitar la higiene, tras el fracaso de esta protesta se metieron varios de los presos, entre los que se encontraba Bobby Sands (protagonista de 2/3 del metraje) en una huelga de hambre. Nueve de ellos murieron ante las negativas de la mano dura de Margaret Thatcher, la dama de hierro. Aunque el film no expone el caso de Bobby como el de una heroicidad, si no que más bien abre el debate sobre el uso del cuerpo como arma política.

El film se compone de tres actos claramente diferenciados. El primero es la huelga de higiene, el segundo es un apoteósico diálogo de 20 minutos sobre el siguiente y ultimo paso/acto, la huelga de hambre. A excepción de la segunda parte la película apenas contiene diálogo alguno, de hecho las pocas palabras articuladas por los personajes apenas tienen relevancia alguna durante estos actos.

Lo visual cobra de esta manera una fuerza especial, que más allá de su sentido narrativo (del cual puede presumir) consigue a un nivel estético alcanzar la denominación de “poético” en todos y cada uno de sus planos. En este sentido el autor de la obra aborda escenas crueles y duras con una mirada que embellece pero no suaviza. Incluso las paredes pintadas con las defecaciones de los presos van más allá de esa brutal realidad y gracias a la fotografía (sobretodo por una luz natural en la mayoría de escenas; extraordinaria la que se cuela en una ventana pequeña en las celdas, le confiere un aire religioso especial a la habitación) se les infiere un carácter casi lírico, una textura especial que por alguna razón recuerda a la pintura. El director ha marcado en todo momento un sello propio, una búsqueda por una forma personal de contar los sucesos en los que prima una belleza visual contraria a la dureza del contenido y la austeridad de las localizaciones. Y es que hay extractos como las palizas de los guardias, en los que unido al rítmico sonido de los golpes uno de estos se lamenta en una habitación contigua, que quedarán en las retinas durante mucho tiempo.

La narrativa se encuentra en un punto intermedio entre la semiótica estructural y una creación propia en la que se encuentra la lírica y el especial montaje de esta película. Mientras que gracias a una serie de montajes fragmentados y paralelos se nos relatan los hechos en la prisión y en la breve vida de uno de los carceleros, también se rompe con esa necesidad narrativa para entrar en la expresividad del montaje. La limpieza de un pasillo que pasa a ser el final de una lucha, las vejaciones a los terroristas que marcan un punto de inflexión en la huelga de higiene, etc. Los planos y las escenas se suceden con una intención ideológica; aunque el filme no se posiciona en ningún bando.

Una mención especial para el segundo acto cuyo trabajo visual está supeditado a la palabra. En un plano-secuencia, de cámara fija y con unos personajes ya presentados pero escondidos por el contraluz y el humo de los cigarrillos, el director deja que la interpretación de los actores y la calidad del guión sean lo que capte toda la atención del espectador. El debate que se crea entre los dos personajes abre una tensión ideológica de raíces culturales. Por cuestiones de clase y de religión están en cierta manera enfrentados. Ambos parecen tener un fin común, pero las distancias sociales son las que provocan este conflicto que va más allá de lo político. El clérigo acepta y ve posible la vía del diálogo, la del sistema mientras el terrorista cree que este tipo de objetivos requieren de acciones duras y directas. Es uno de los debates más interesantes y bien resueltos jamás filmados. Finalmente este diálogo termina con un segundo cigarrillo, un monólogo con la cara descubierta que presenta al auténtico protagonista del largo así como sus convicciones.

La última parte vuelve de nuevo al silencio, de hecho se convierte más que en la primera parte en un arma con la que el director provoca una sensación de angustia continua. En lo estético la luz inunda la habitación en la que es atendido Bobby, que poco a poco va demacrándose hasta el punto de ser incapaz de moverse, incluso su respiración parece verse cortada por cualquier pequeño paso en el pasillo contiguo.

En definitiva tenemos una de las películas más interesantes del 2008. Una apuesta arriesgada por el tratamiento que ofrece del tema y por romper con muchas convenciones del cine que trata la política o el debate social. Es curioso que el propio filme ataque a su propia estructura y juegue con la imagen y la palabra más por separado que como partes de un mismo texto. A todos los que tengan la oportunidad de verla se la recomiendo, aunque deben estar preparados para una obra lenta, dura y llena de referencias simbólicas al arte, al cuerpo y al respeto. Genial por no posicionar héroes ni villanos, más que la dureza propia de las declaraciones de Thatcher.

por: Joaquim Navarro

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